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El Desván
10-06-2012 | Cuento
Videocity Peter Stamm (Los Voladores)
Todo empezó con la muerte de su madre, después de que ellos afirmaran que su madre había muerto. Apenas puede acordarse de lo que ocurrió antes. Sólo tiene imágenes ais­ladas: unos exteriores, a plena luz del día; un gran jardín, colores brillantes, árboles frutales, una casa con un gran te­cho saledizo. La imagen queda un tanto distorsionada en sus contornos, como si hubiera sido filmada con un objeti­vo gran angular. En un primer plano, el rostro de su madre, que ríe y lo alza por los aires. Ella lo sostiene firmemente con sus manos y da vueltas en círculos con él. Su ojo es la cámara. El jardín se va borrando a causa de ese movimiento cada vez más vertiginoso, se convierte en un torbellino ver­de. Fundido a negro.

Un gran pasillo, un linóleo verde, paredes blancas. Des­de fuera penetra una luz de lluvia, crepuscular. Está sentado en un banco junto a una mujer a la que no conoce. Aguar­dan largo rato, hasta que un médico sale a través de una de las puertas, sacudiendo la cabeza, y dice algo que él no con­sigue entender. El rostro del médico es gris. La mujer se le­vanta, toma al chico de la mano y se marchan a través del pasillo, y luego bajan por una ancha escalera de piedra. De­saparecen del encuadre, que se detiene todavía por un mo­mento. Fundido a negro.

Un montaje: salones comedores, dormitorios, gimna­sios. Él está allí, de pie, con pantalones cortos y equi­po deportivo, con ropa que ha pertenecido a otros antes que a él. Y siempre hay allí otros chicos. La banda sono­ra es sólo un ruido, un estridente caos de frases incon­clusas, gritos, silbidos y cantos de niños. La soledad del no estar solo nunca. La luz se apaga y parece encenderse al momento. El gusto a dentífrico, a papilla de avena y a pan duro. Alguien machaca un piano, se escucha un tin­tineo de vajillas y un ruido de algo líquido, de algo que se derrama, ruidos de arañazos. Él cierra los ojos y vuel­ve a abrirlos.

Veinte años más tarde. El despertador de la radio toca I got you, babe. Una mano golpea sobre el despertador y la música se acalla. Un hombre se levanta, se queda duran­te un momento sentado al borde de la cama, con el rostro oculto entre las manos. Entonces se pone de pie y sale de la habitación. Lo seguimos hasta el cuarto de baño, lue­go hasta el pasillo. La cámara da un giro y se aparta de él, se desplaza hacia la ventana y, a través de ella, mira hacia fuera. Hay allí una calle en un barrio pobre. El asfalto está húmedo, pero, a juzgar por la ropa de los viandantes, no hace frío. Como si respondieran a una orden, los extras co­mienzan a moverse. Un hombre con un ramo de flores pasa como cada mañana, dos mujeres de treinta y tantos años, de largo cabello negro, probablemente extranjeras. Am­bas llevan vaqueros y camisetas blancas, una de ellas lleva colgado un bolso pequeño de color azul claro. Caminan a algunos metros de distancia la una de la otra; no obstante, parecen hacer juego, como clones, como hermanas que no saben nada la una de la otra. Se abre entonces la puerta de una casa. El hombre de antes sale a la calle. Lleva el pelo revuelto, y tiene cara de sueño. En la esquina, se compra un vaso de café. Luego camina en la misma dirección que han tomado antes las dos mujeres.

De la acera parten dos escalones que conducen hacia un recinto situado un nivel más abajo. Sobre la puerta puede leerse un cartel: Videocity. Dentro, en el cristal, han colga­do otro cartel rojo: Closed. El hombre abre la puerta con la llave, entra y le da la vuelta al cartel. Huele a humo de ciga­rrillo. El recinto permanece a oscuras aun después de que el hombre encienda la luz. En las paredes hay estanterías lle­nas de vídeos, y en el extremo posterior del recinto hay un mostrador con una caja registradora y un pequeño aparato de televisión. La puerta que está detrás conduce a un cuar­to diminuto con baño, una vieja nevera sobre la que reposa una manchada máquina de café y un armario tambaleante que parece recogido del punto limpio. El hombre conecta el televisor y la caja registradora y pone el café. Sólo enton­ces se quita la americana.

No viene nadie en toda la mañana. Hacia el mediodía, entra a la tienda una mujer bajita, tal vez de unos cincuen­ta años, y echa un vistazo. Lleva puestos unos zapatos azu­les y una chaqueta de hilo. Tiene cierta expresión de cons­ternación en el rostro. Hace entonces como si se hubiera equivocado de puerta. Sin decir palabra, se marcha de nue­vo. Es algo que sucede con frecuencia: la gente entra aquí y luego desaparece sin un motivo visible. A veces echan una ojeada a través del escaparate, y otras veces entran con cualquier pretexto. Buscan alguna película sobre la que él jamás ha oído hablar, quieren comprar la gran figura de cartón de tamaño natural que está en el escaparate. Algu­nos piden alguna moneda para el parquímetro. Él no pue­de hacer nada, no tiene ninguna prueba contra ellos. Son demasiado sutiles. En una ocasión se dio cuenta de que ha­bía alguien en la tienda por la madrugada. Desde entonces memoriza todo bien cada noche, antes de salir. Tienen que haberlo notado, porque ya no vienen de noche. Se andan con mucha cautela.

No se trata únicamente de los jóvenes de trajes negros y cartelitos con su nombre. A veces son niños o ancianas, ex­tranjeros que le ponen delante de las narices algún papeli­to en el que han escrito, en letra apenas legible, alguna di­rección que fingen buscar. Él ha memorizado esas direccio­nes, las ha consignado en un plano y, a continuación, ha uni­do los puntos. Todavía no tiene claro lo que significan. No puede confiar ni siquiera en sus clientes más antiguos, que intentan sonsacarlo para que hable. Como quien no quiere la cosa, dan el pie para iniciar alguna conversación, le pre­guntan si ha visto este o aquel filme, y le piden su opinión al respecto. Él siempre presta atención a lo que dice. No sabe cuántos son, pero no se puede excluir que todos formen parte de lo mismo.

Los bastidores han sido construidos con madera y pie­dra. Son perfectos, y apenas se nota diferencia alguna, pero se percibe que algo no encaja. Los edificios muy lejanos se ven a contraluz como si fueran transparentes. El horizonte se va retirando a medida que uno se acerca; es bidimensio­nal, como si estuviese pintado. En ocasiones él se da cuenta de algunos errores, simples detalles, pero que no pueden ser casuales. Cuando da golpecitos en la pared, ésta suena hue­ca. Algunas cosas son más pequeñas de lo que deberían ser en realidad. Se siente tentado a levantar la tapa del alcantari­llado en la calle para ver lo que se oculta ahí debajo. Pero eso llamaría demasiado la atención. Cuando se marcha a casa, al anochecer, piensa que podría seguir caminando, siempre en línea recta, pero lo que sí es seguro es que ellos no se lo permi­tirían. Se perdería por las calles, se metería en algún callejón sin salida. Podrían fingir que ha ocurrido algún accidente.

Vigilan cada uno de sus pasos. Por las noches escucha que hay gente caminando por el piso situado encima del suyo. Ha estado buscando las cámaras y los micrófonos, pero son tan pequeños y están tan bien escondidos, que no los encuentra. No descarta que le hayan implantado un mi­crochip de ordenador, con el cual puedan determinar siem­pre el lugar en el que se encuentra; un microchip que vi­gile sus funciones corporales, su pulso, su tensión arterial, el metabolismo. A veces se palpa, pero no siente nada. Ese microchip debe de estar oculto en lo más profundo de su carne. Él no cree que puedan leer sus pensamientos, toda­vía la tecnología no está en condiciones de hacerlo. Pero se está trabajando en ello.

Cuando se ducha, cuelga una toalla delante del espejo. Cuando hace la compra, a menudo devuelve a las estante­rías los paquetes que ha tomado previamente, y coge otro que está al fondo de todo. En varias ocasiones ha notado la manera en que lo observan los dependientes. Está casi se­guro de que le mezclan algo con la comida, drogas que le alteran la conciencia. De ahí su falta de memoria, los tras­tornos de visión, el pulso acelerado, la excesiva sudoración. De ahí esos repentinos ataques de angustia. Quién sabe si los medicamentos que el médico le ha prescrito no son la verdadera razón de su estado.

Hace ya mucho tiempo que dejó de ir a restaurantes. Ni siquiera puede estar seguro del café del kiosco. A veces cambia su pedido en el último momento y bebe un té. Lue­go, durante el resto del día, presta mucha atención a la ma­nera en que reacciona su cuerpo.

Por motivos de seguridad, ha desconectado el cable de la antena del pequeño televisor. Resulta muy fácil contro­lar los datos que fluyen a través del cableado. Ahora sólo ve vídeos. Estos últimos constituyen su último vínculo con el mundo exterior, con el mundo real. Ve las mismas pelí­culas una y otra vez, las hace pasar en cámara lenta y se fija en los detalles mínimos, en esos errores insignificantes. Un reloj de pulsera en una película cuya trama tiene lu­gar en la antigua Roma. Una jirafa de micrófono que se cue­la en la imagen.

Ha intentado ponerse en contacto con la gente del cine, les ha escrito cartas a Jodie Foster y a Martin Scorsese. Por supuesto que jamás ha recibido respuesta. Fue lo suficien­temente ingenuo como para creer que sus cartas pasarían los controles, pero cuando las escribió no pensó que exis­tiera ninguna otra posibilidad. Entretanto, ha aprendido a hacer uso de los buzones ciegos. Deja sus actas, sus planos y las pruebas materiales tras los espejos de los baños públi­cos, o en papeleras de determinados cruces de calles. Las posiciones de tales buzones se las ha aprendido gracias a las películas, y también por ellas sabe si sus cartas han lle­gado. Puede constatarse un progreso de película en pelí­cula. Cada nuevo filme es la respuesta a la pregunta que ha sido planteada en la última cinta. Las informaciones están en clave, pero él ha aprendido a descifrarlas. A veces no le queda más remedio que soltar una carcajada cuando, de re­pente, comprende lo que significan. Por lo general, lo so­brecoge una euforia enorme, esa dicha gélida por no tener que dejarse engañar más. Porque ya no se deja engañar por las voces de su cabeza: «No puedes marcharte. Perteneces a este lugar. Me perteneces».

Es esa claridad repentina después de tantos años de incer­tidumbre. Camina por la ciudad y ríe. Mira a través de las co­sas. Podría derribar los edificios con una sola mano, arran­car árboles que están clavados en el suelo como sombrillas. Tiene un dominio absoluto sobre su cuerpo. Puede manejar sus funciones corporales a través de la mera concentración.

Está seguro de que su contribución es importante. De lo contrario, ya habrían venido a buscarlo. Tiene que hacer algunos sacrificios, pero los hace con gusto. Esos sacrificios le dan sentido y forma a su vida.

Hoy se ha olvidado los bocadillos en casa. Medita sobre si puede o no correr el riesgo de comprarse una hambur­guesa en el kiosco. Ellos no pueden saber que va a ir justa­mente hoy. Si es lo suficientemente rápido, puede tomar­los por sorpresa, y entonces no tendrían tiempo para ma­nipular la comida. Hay ciertos riesgos que son imposibles de evitar.

Mientras espera por la hamburguesa, ve a una mujer que, con un niño pequeño, está cruzando la calle y se dirige di­rectamente a él. Lleva un abrigo de piel clara y un bolso de color marrón oscuro. Ellos suelen llevar bolsos, probable­mente para guardar el equipo técnico, las baterías. Quizá lleven algún arma. El niño no es sospechoso. Probablemen­te no sepa nada, sólo sirve de tapadera. Mira a la mujer di­rectamente a los ojos. Ella debería saber que él no se va a dejar embaucar. Y, en efecto, la mujer se aparta y pasa por su lado. De repente, parece tener prisa. Y cuando ya a está a unos metros de distancia, se da la vuelta de nuevo hacia donde está él. Su mirada está llena de miedo. Él sonríe con expresión triunfante.

Espera bastante tiempo antes de encender la luz en la tienda. Bajo la luz, se le puede ver mejor desde la calle. Éste es el momento más peligroso del día. A veces sale de la tien­da y la contempla desde el otro lado de la calle. Cuando un cliente se acerca, la cruza corriendo.

Entre las seis y las ocho es cuando hay más ajetreo. Lue­go disminuyen los clientes. Antes tenía abierto hasta la me­dianoche, pero ahora, en ocasiones, cierra a las diez o las once. Desde que han abierto la gran videoteca situada dos calles más allá, vienen cada vez menos clientes. Quieren destruirlo, pero él no se dará por vencido. No puede hacer­lo. Cuenta los ingresos del día y se guarda el dinero. Desde que entraron en la tienda, deja abierto el cajón de la caja registradora.

Se ha acostumbrado a la situación y está más tranquilo. Incluso ahora, por las mañanas, saluda a los agentes cuan­do les pasa por el lado. Entonces ellos se asustan. No han contado con que él los reconozca, y se alejan de allí. «Bue­nos días --les grita a sus espaldas--. Y por si no nos vemos luego: ¡Buenos días, buenas tardes y buenas noches!». Tie­ne que controlarse para no partirse de la risa. Cuando aca­ba la jornada y se marcha a casa, aparecen de nuevo. Él ca­mina rápidamente por las calles, corre escaleras arriba has­ta su piso, a veces saltándose dos o tres escalones a la vez. Está de tan buen humor, que le gustaría llamar a todas las puertas y gritarles a sus vecinos que sabe lo que está ocu­rriendo. Tras haber cerrado con llave la puerta de su piso, permanece por un momento inmóvil. Luego abre la puerta otra vez, mira hacia el hueco de la escalera y vuelve a cerrar. Va hasta el salón y enciende la radio de inmediato, para que ellos no puedan escuchar lo que hace. Sus vecinos ya se han quejado por el ruido. Pero eso era de esperar.

Sólo después de comer y de lavarse, cuando está en el baño, apaga la radio y la luz. Con pasos ruidosos, camina has­ta el dormitorio. Debe hacerles creer que se ha ido a la cama. Así bajarán la guardia. Aguarda inmóvil durante varios mi­nutos. Está tan cansado, que a veces cree dormirse de pie. Sus pensamientos vagan y él pierde toda noción del tiempo.

Cuando todo queda en silencio y él se ha tranquilizado completamente, se desliza hasta el salón, enciende el apara­to de vídeo y el televisor. La noche anterior ha rebobinado la cinta hasta el pasaje decisivo.

Él juega en el jardín. Su madre viene, lo alza por los aires y da vueltas en círculos con él. El jardín desaparece con el movimiento, se esfuma. La música alcanza su punto culmi­nante. Ya no puede contener las lágrimas. Extiende los bra­zos en pos de su madre, sus manos tocan la pantalla. Ella lo mira y sonríe bondadosamente.



Peter Stamm, del libro "Los voladores" (2010)

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Comentarios

Mostrando 1 - 1 de 1 Comentarios
   #187.175.207.93   #14936
Ann Leaf el 24-01-2014 a las 12:18 dice:
alguien más nota la relación del cuento con "The Truman Show" en especial en la parte de «Bue­nos días --les grita a sus espaldas--. Y por si no nos vemos luego: ¡Buenos días, buenas tardes y buenas noches!».
Es escalofriante la relación,aunque claro, la pelicula se estreno antes que este libro

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