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El Desván
11-11-2012 | Cuento
LO SIENTO, SEÑOR GRIGGS de Stan Cohen
¿Cuántos iban ya? ¿Doce? Quizás trece. Había perdido la cuenta. Todas muertes limpias. Sólo a uno debió dispararle dos veces. Un hombre corpulento que se había movido en su asiento en el instante en que él disparó y empezó a retorcerse después del primer impacto. Entonces disparó otra vez con más concentración y los violentos movimientos del hombre se detuvieron instantáneamente.

Apoyó el rifle contra la pared del refugio y alzó la manija del mecanismo de la aerosilla. Justo en el momento en que la silla del muerto se deslizaba sobre el sector de salida debajo del refugio, cortó la corriente, tal como lo hubiera hecho un ayu­dante de patrulla de esquí para ayudar a bajar a un esquiador del asiento.

Se acercó a la silla con rapidez, empujó el cuerpo laxo ha­cia adelante, levantó la barra de seguridad, y tiró con fuerza el cadáver hacia la plataforma. Después, dándolo vuelta, lo tomó por debajo de las axilas y lo arrastró por el piso de madera hasta la parte posterior de la plataforma y luego hasta el pozo detrás del refugio. Una vez que llevó el cuerpo hasta allí, le dio un empujón con el pie y vio cómo se deslizaba solo hacia abajo y caía encima de los otros.

Se apresuró a volver al refugio y sacó los bastones de esquí fuera de la aerosilla. Los arrojó al pozo encima de la colección de cuerpos, esquíes y bastones. Luego fue hasta los controles de la aerosilla y la puso en marcha nuevamente. Era hora de buscar otro lindo blanco vivo para su rifle.

El asiento de la muchacha muerta se hallaba a unos quince metros todavía. Aquello era como arrojar pescado en un barril. Una galería de tiro humana. Cada figura humana indefensa avanzando con lentitud en la aerosilla, hasta unos cuarenta y cinco metros. Y con mira telescópica. Casi de un mal depor­tista.

Pensó en los francotiradores de los que hablaban los perió­dicos. Muchachos con carabina o veintidós, disparando contra los autos que pasaban por las avenidas cercanas a una gran velocidad, incapaces de una faena limpia. O carniceros que colocaban una carga explosiva en la azotea de un edificio y la hacían explotar. ¡Exhibicionistas suicidas! ¡Idiotas! Nada de imaginación. Nada de planes. Nada de clase. El le mostraría al mundo cómo lo hace un experto. Y, de ese modo le devol­vería un pequeño favor a la comunidad de esquiadores.

Su memoria recreó rápidamente las innumerables entre­vistas que había tenido con los encargados de todos los centros de esquí.

--Lo siento, señor Griggs, pero ya hemos completado nuestra patrulla de esquí para este año.

--Pero, yo no soy un esquiador cualunque. Puedo hacer que los tipos que ha contratado parezcan principiantes.

--Lamento decírselo pero ya estamos completos.

--Todo lo que pido es una oportunidad. Antes de Viet­nam fui instructor en jefe en Stratton. Me encargaba de los alumnos avanzados. Incluso entrené a casi toda la patrulla de esquí. Todos tipos de primera de la universidad. ¿No entiende? Soy un profesional. Soy el mejor.

--Por supuesto, señor Griggs, pero no tomaremos a nadie más esta temporada.

--¡Pero alguien tiene que darme una oportunidad! El esquí es mi vida... ¿Es por mis antecedentes de guerra, no?

--Lo siento, señor Griggs, le repito que ya estamos completos.

--¡Pero estuvieron publicando avisos pidiendo gente hasta hoy!

--Ya hemos completado nuestra lista.

--Usted sabe que eso es injusto. No pude evitar toda esa publicidad. No hubo forma de detenerla. No la quería. Ade­más, me absolvieron. Por completo. Me dejaron ir limpio. Yo sólo era un suboficial. Obedecía órdenes todo el tiempo.

--Lo siento, señor Griggs.

--Oiga, si usted hubiera estado allá tanto tiempo como yo, habría reaccionado igual. Todo lo que yo quería era seguir con vida. Volver. Se llegó a un punto en que no podían dife­renciarse mujeres de hombres, o de niños, para el caso. Hubo casos en que nuestros muchachos se confundieron hasta en la cama misma. Aquello era un lío. Tendría que haber estado para saber lo que era.

--Lo siento, señor Griggs.

--Usted sabe que me dieron una recomendación. Todo lo que pido es poder volver a esquiar. No pude evitar toda esa publicidad. No pueden dejarme fuera eternamente. Quiero vivir del esquí.

"Lo siento, señor Griggs; lo siento, señor Griggs; lo sien­to..."

Se acomodó y tomó aliento. Apuntó al nuevo blanco que se acercaba y disparó. Sonrió al oír el rumor de la detonación del rifle con silenciador. El muchacho se sacudió en el asiento y luego se desplomó. Ahora debía detener la aerosilla y retirar la jovencita del emblema.

No sólo era experto esquiador. Era experto en dos artes. Sabía disparar. Y le gustaba hacerlo. En Vietnam, se había convertido en el hombre de la compañía que se encargaba de hacer "limpiezas". A medida que la implacable tensión de la lucha iba influyendo sobre él, descubrió que la mejor manera de no perder la cabeza, era disfrutar haciendo lo que le salía bien. Si tenía que matar para sobrevivir, más valía que lo hicie­ra bien. Y para hacerlo bien tenía que gustarle.

Su comandante había detectado su capacidad instintiva y le había confiado todos los "trabajos especiales". Enseguida empezó a encontrar satisfacción en ellos. Le gustaban las muer­tes limpias porque eran un desafío. Era duro llevar a cabo un trabajo en la selva. Pero también le gustaban esos "trabajos especiales", los trabajos "menos competitivos" a menor dis­tancia. Y los había realizado con destreza y astucia.

Detuvo la aerosilla y comenzó a maniobrar con el cuerpo inerte de la muchacha. Era atractiva. Un bombón. Deseó haberla conocido antes de que tomara la aerosilla para el Old Imperial esa mañana en particular. Pero, demasiado tarde. Habría otras.

Como el cuerpo era liviano, se lo colocó sobre su hombro y lo transportó hasta el borde del pozo donde había estado apilando los cuerpos. La dejó caer por la pendiente y se deslizó hacia abajo junto con los otros. ¡Qué lástima! Era bonita. Muy bonita. Había elegido un mal día para esquiar en el Old Impe­rial.

¿Cuántos más mataría antes de esquiar cuesta abajo y alejarse en el auto? Tal vez ya eran suficientes para crear pánico en el mundo del esquí por un tiempo. ¿Cuántos comenzarían a pensarlo dos veces y quizá quedarse en casa y mirar televi­sión, antes de arriesgarse a un fin de semana de esquí? ¿Un fin de semana sintiéndose como blancos indefensos cada vez que subían a una aerosilla y avanzaban con lentitud hacia la cima de la montaña? Así pagarían por no haberlo dejado entrar.

Había regresado de Vietnam en el verano y apenas pudo esperar para ver la nieve. Pero entonces llegó esa mañana pega­josa en que se supo toda la historia que marcó el comienzo de una pesadilla aun peor que las que había tenido en la asquerosa selva. lA quién se le ocurre encerrar a alguien por defender a su país?

--Todo lo que hice fue obedecer órdenes, señor.

--Algunos de nuestros testigos creen que usted demostraba algo más que un deseo de cumplir con las órdenes. Nos referimos a la mañana en cuestión.

--Señor, estaba haciendo lo que me ordenaron. Estábamos en guerra, a pesar de lo que digan los nenes de la universidad. Lo que más me interesaba era sobrevivir. Eran ellos o yo.

--Será la corte quien decida eso.

La incertidumbre duró meses durante los que estuvo confinado en la base mientras la temporada de invierno comen­zaba y terminaba. Cada vez que conseguía un periódico leía los informes diarios. Finalmente lo absolvieron y lo dejaron en libertad pero su nombre, Wesley Griggs se volvió casi un sinó­nimo de los excesos insensatos de la guerra.

Tan pronto como se acercó la temporada, comenzó su recorrida por las pistas de esquí del nordeste, buscando trabajo como esquiador, listo al fin para empezar a vivir otra vez, para abrocharse las botas nuevas y los brillantes esquíes Mark 11 y llegar a la pista y dejar que el aire de la montaña con su helada pureza le quitara de la cabeza las penumbras y olores hediondos de la selva y del ejército.

Supo que era un hombre marcado después de la primera entrevista de trabajo. Se mostró más aprensivo en la segunda y, cuando le negaron el puesto no se sorprendió. De ahí en más, se repitió una y otra vez el mismo diálogo, hasta el final: "Lo siento, señor Griggs". Ya esperaba que lo rechazaran y se tornó tan agresivo que los encargados lo encontraron casi ame­drentador.

Después de estar absolutamente seguro de que ningún en­cargado iba a contratar a gente como él --con sus antecedentes y reputación-- para que trabajara en su preciosa montaña, de­cidió dedicar su tiempo a la caza. Buscaría su rifle, su otro amor, y dispararía uno o dos tiros a los ciervos. Después de ver cómo caía el animal con un solo tiro, limpio y perfecto, decidió repentinamente lo que iba a hacer. De inmediato comenzó a planear los detalles.

Había sido un fanático del esquí desde niño. Era un fla­cucho, que faltaba a clase y se escondía para escuchar a los instructores mientras les enseñaban a los niños ricos, que subía a escondidas a las aerosillas o robaba pases de esquí de las cam­peras en el refugio principal, que esquiaba en las pistas desde la salida del sol hasta el anochecer con esquíes robados. Final­mente abandonó la escuela secundaria, se compró un viejo coche destartalado y fue de pista en pista por toda Nueva Inglaterra, convencido de que era un experto. Se convirtió en un brillante esquiador y logró integrar una patrulla de esquí al año siguiente.

Al cabo de dos años, se convirtió en el miembro más joven de la patrulla de Stratton, una de sus montañas favoritas por la variedad de pistas que tenía. Después, la guerra.

Cuando comenzó a planear cómo les haría pagar a los encargados su amabilidad y consideración, recordó la pista del OId Imperial en la montaña Connally, una pista difícil y ais­lada con una aerosilla anticuada y de asientos parecidos a los de un coche deportivo, colocados a unos veintitrés metros uno del otro, de poca velocidad, donde el miembro de la patru­lla en el refugio de la cima detenía la aerosilla y ayudaba a cada esquiador a bajar del asiento. La pista era empinada en algunos lugares y larga, una pista que resultaba un desafío y que satis­facía las exigencias de los mejores esquiado res. Esa era la razón de la popularidad de la que gozaba, a pesar de lo que se demora­ba en llegar a la cima.

También recordó la curva que daba el cable a medida que la pista se acercaba a la cima, de manera que sólo podían verse dos sillas a la vez desde el refugio. Sólo tenía que conseguir un rifle desmontable, llegar con el auto hasta la punta del Old Imperial con el arma desarmada sujeta debajo del saco, dis­pararle al encargado por la espalda y adueñarse de la montaña. Después de matar a unos cuantos, dejaría la aerosilla detenida, es­quiaría cuesta abajo, subiría al auto. y se iría del lugar. Para cuando llegara la patrulla a la cima para examinar el problema, él ya estaría lejos...

Vio cómo la siguiente silla daba vuelta en la curva y se colocaba a la vista con otro blanco, un tipo con un suéter a guardas y un gorro tejido. No llevaba campera. Tal vez fuera un buen esquiador. Sería la última víctima. Le dispararía y se marcharía. Ya era suficiente para causar pánico, para hacer que ese día en Connally se recordara por mucho tiempo.

Era tonto arriesgarse innecesariamente.

Apuntó al suéter, un milímetro a la izquierda del centro. Perfecto. Siga el blanco durante uno o dos segundos, mantenga la concentración, apriete. Pero un segundo antes de disparar, el esquiador se inclinó para tocarse la bota. ¡Había errado por completo!

El esquiador levantó la cabeza abruptamente, miró hacia el refugio y a los manchones de bosque a la derecha e izquierda. Entonces, de un manotazo levantó la barra de seguridad de la silla y saltó con rapidez del asiento, sin siquiera molestarse en tomar los bastones, y cayó en la nieve, tres o cuatro metros más abajo.

¿Cómo había podido errarle? ¡Tenía que disparar de nuevo! Matarlo enseguida antes de que pudiera levantarse y perderse de vista por la curva. Dirigió la mira al esquiador mien­tras éste luchaba para ponerse de pie y lanzarse cuesta abajo. El mismo dibujo en el suéter, de espaldas ahora en lugar de estar de frente. Apretó el gatillo pero el rifle disparó sin éxito. ¡Maldición! ¿Por qué no lo había recargado? ¿Por qué no contó? ¿Cómo pudo haber sido tan estúpido?

El esquiador inició la marcha despacio por no tener los bastones, se deslizó cuesta abajo, ganando velocidad, y final­mente dobló hacia la derecha, por el recodo en la pendiente. Había desaparecido.

No había por qué asustarse. Sólo dejar el arma y esquiar cuesta abajo. No había ninguna pista. Nada. El tipo no había podido darse cuenta de nada. No, no había visto ni oído. nada. Ninguna huella, incluso si encontraban el arma. La había empuñado con guantes y frotado con cuidado para estar seguro. Nada de qué asustarse. Sin asustarse entonces.

Corrió unos metros por el sendero hasta la cima, justo detrás del pozo. Los cuerpos se estaban cubriendo con manchi­tas de nieve. Enterró el rifle en un montón de nieve cerca de ­la base de un árbol y luego alisó el sitio cubierto.

Unos minutos más y no quedarían huellas. Nada de qué preocuparse.

Volvió rápidamente al refugio, colocó los esquíes en el piso y se paró sobre ellos, tomó los bastones y los guantes y regresó al sendero. La aerosilla estaba inmóvil. En la silla más cercana vio un cuerpo encogido con esquíes; la otra silla estaba vacía salvo por los bastones. Salió a toda velocidad cuesta abajo, esquiando con estilo y gracia.

El largo trecho le dio tiempo para pensar, para prever las preguntas y planear las respuestas. No, no había visto nada ex­traño. ¿Accidentes? No. ¿Alguien con un arma? ¿Está hablando en serio? No se le ocurría ningún motivo por el que nadie no hubiera bajado en los últimos minutos. No, no sabía por qué la aerosilla no se movía. Funcionaba perfectamente cuando él subió; se había caído mientras bajaba y se había detenido para descansar unos minutos y recuperarse del golpe.

Empezó a sentir un frío extraño y se dio cuenta de que, a pesar de la temperatura y del viento y la nieve, tenía el cuerpo cubierto de sudor.

Echó un vistazo hacia los esquiadores atrapados en las sillas inmóviles y esperó que aún estuviesen colgando de allí, conge­lándose la nariz, mientras él se alejaba. Miró hacia abajo y ade­lante. Una pista buena. Una de las mejores. ¡Que la gente en las sillas mire cómo baja un profesional!

Al llegar a los tramos más bajos de la pista y avistar el re­fugio principal, observó que el snow-cat recién comenzaba a subir, con dos miembros de la patrulla, ambos vistiendo el saco azul brillante y el sombrero azul. Era un largo tramo hasta la cima. El se estaba moviendo mucho más rápido. Tenía mucho tiempo. Más que suficiente. Había pasado por situaciones más peligrosas que ésta en Vietnam.

Siguió abajo rumbo al área alrededor del refugio principal donde todas las sillas tomaban a sus pasajeros y se dirigían hacia la montaña. Muchos esquiadores. Iban a recordar ese día en Connally. Quizás hasta perdieran el interés por esquiar. Lo único que tenía que hacer era atravesar la multitud sin llamar la atención, llegar al estacionamiento y volar de allí.

A medida que se acercaba, pudo distinguir las caras. In­dividualizó al esquiador del suéter a guardas, a quien no había acertado. El tipo estaba de pie en medio del grupo, justo en el sitio donde la cuesta se nivelaba, mirando cómo él se aproxima­ba. Nada de qué preocuparse. No había forma de que lo supie­ran todavía.

Varios de los tipos del grupo tenían los sacos azules de la montaña. Reconoció al encargado de la pista, un tipo gran­dote y demasiado viejo. Recordó la entrevista con él varios me­ses atrás y se preguntó si el desgraciado se acordaría de él. Des­pués distinguió al gordo que dirigía la escuela de esquí. Y uno o dos más de la patrulla. También vio un policía, el grandote de bigote que había estado dirigiendo el tránsito. Cuando resul­tó evidente que el grupo estaba aguardándolo, empezó a derrapar y disminuyó la velocidad a medida que se acercaba.

--Disculpe --dijo el encargado--, ¿vio qué pasaba allá arriba? El operador detuvo la aerosilla y no sabemos por qué.

Ninguna señal de reconocimiento. El desgraciado no se acordaba de él. Sin embargo, el corazón le latía con violencia. El último obstáculo, eso era todo. El estacionamiento estaba a menos de cien metros.

--Todo me pareció normal cuando estaba en la cima. Yo también me di cuenta de que la aerosilla se detuvo. ¿Por qué ocurrió eso?

--Pensamos que quizás usted podría explicárnoslo a nosotros. Usted acaba de bajar.

--No, en realidad bajé de la cima hace un rato. Me caí por la mitad de la bajada. Me detuve y descansé unos minutos. Me torcí un poco el tobillo. --Se sintió mareado y se preguntó si ellos se darían cuenta.

--Parece que está bien ahora.

--Sí, mucho mejor.

--Este hombre dice que alguien le disparó allá arriba. ¿Oyó algo que sonara como un disparo?

--¿Un disparo? ¿Habla en serio? No, no oí ningún disparo.

--¿Vio a alguien que portara algo que pudiera parecer un arma? --preguntó el policía--. ¿O algo por el estilo?

Dudó, como si tratara de recordar.

--No, nada en absoluto.

--Bueno, ya mandamos a dos miembros de la patrulla arriba --dijo el jefe--. Sabremos algo dentro de algunos minu­tos.

--Probablemente nada grave --Empezó a alejarse lentamen­te del grupo rumbo al estacionamiento

--¡Eh! --exclamó uno de la patrulla de esquí--. ¿Qué tiene en la espalda del saco? ¿Sangre?

Se detuvo helado. Abrió la boca y los miró a todos, cara por cara. ¡La muchacha! Dejó caer los bastones y se tocó el hombro derecho con la mano izquierda, sin dejar de mirarlos. Mientras hacía esto, el brazo derecho cayó contra el costado y sintió la caja de proyectiles, aún llena por la mitad, en el bol­sillo del saco. Había olvidado enterrarla con el arma.

--¿Puede damos una explicación? --el policía le estudió la cara, estiró el brazo y le tocó el hombro para ver la mancha.

No respondió.

--Creo que va a ser mejor que espere aquí con nosotros hasta que la patrulla llegue a la cima --dijo el policía.

--No puedo. Debo irme. Se lo digo en serio, debo irme. --Pensó en correr pero tenía los esquíes puestos y había dejado caer los bastones. Y estaba rodeado de uniformes azules.

--¿Tan temprano? --preguntó el policía--. Tiene un boleto de ocho dólares para la aerosilla y todavía no es hora de almor­zar. Mejor espere con nosotros hasta que tengamos noticias de la patrulla.

El jefe lo miró con los ojos entrecerrados y dijo:

--Su cara me resulta conocida. ¿No nos hemos visto antes?

Pero ni siquiera oyó la pregunta. Acababa de recordar algo gracioso. La sangre que tenía en el saco no estaba fresca. Había usado el saco cuando cazaba y lo había ensuciado al levantar el ciervo que mató. Una sonrisa tonta se desplegó en su cara. Empezó a reírse con disimulo y luego descontroladamente. Los demás lo miraron en silencio.


Stan Cohen trabaja como escritor de cuentos de misterio y como ingeniero para una importante compañía química norteamericana.

Acerca de "Lo siento, señor Griggs" ha dicho: "Este cuento define mi posición contra la guerra y describe algunas de las secuelas del combate. Lo escribí durante un fin de semana que pasé con algunos amigos en su albergue de esquí en Vermont. Aunque no esquío, quería escribir algo relacionado con ese deporte. El resultado fue "Lo siento, señor Griggs".

Se publicó por primera vez en el Ellery Queen's Mystery Magazine, en 1974; luego, al año siguiente, en el Best Detective Stories of the Year, seleccionados por Al Hublin.

Su aparición más reciente fue en la antología de escritores de misterio de Norteamérica en 1982, A Special Kind of Crime, seleccionado por Larry Treat.

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