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El Desván
14-10-2012 | Cuento
EL JARDIN DE LA SEÑORA MUSSORGSKY SOLEDAD PUÉRTOLAS
Para mi hermana Clotilde

Mi hermana pequeña, que vive en Kensington, Maryland, me contó la siguiente historia:

La señora Mussorgsky, de origen polaco, que vivía en el recodo de la calle Lund, era una vecina con quien resultaba agradable cruzarse mientras se paseaba, en uno de los pasillos del supermercado o en la cola de la ventanilla del banco (El Federal County Bank). Tenía siempre una sonrisa en los labios y unas palabras amables sobre el tiempo o un producto en oferta especial. Pero, sin duda, lo que más le gustaba a la señora Mussorgsky eran las flores. Su jardín era el más cuidado de la calle y armoniosos macizos de flores se destacaban sobre el césped inmaculadamente verde y meticulosamente cortado, como el terciopelo. Para cuidar del césped venía los domingos por la mañana un joven musculoso, sobrino de la señora, que se aplicaba a su tarea ruidosa y solitaria con una concentración llamativa. La imagen de Peter empujando el cortador de césped, plenamente dedicado al «mow» --así es como llaman los americanos a esta ocupación ineludible de cortar el césped--, era ejemplar; era el emblema del domingo bien aprovechado en una casa de los suburbios. Parecía feliz, enfundado en sus pantalones Os'Kosh, las mangas de la camisa de franela remangadas y una gorra de visera que le protegía del sol. Si se hubiera tratado de un sombrero paja, hubiera parecido un «hamish». Y, de hecho, en el jardín de la señora Mussorgsky, algo en la aplicación y los gestos del sobrino y algo, en fin, también; en la propia señora Mussorgsky --su sonrisa, sus palabras amables, su andar pausado, su pelo blanco y sedoso recogido en una rosca-- remitían a un concepto de sociedad primitiva, tranquila y autosuficiente. Así que la vida apacible de la señora Mussorgsky y, más que nada, su jardín, provocaban en la vecindad cierta envidia, una sana envidia: los céspedes empezaron a competir y el ruido del «mowing» de los domingos de la mañana se iniciaba a horas cada vez más tempranas. Al mediodía, y sobre todo al atardecer, a la hora de la barbacoa, cuando el trabajo se había detenido y se iniciaban el descanso y la diversión, la frescura y perfección del césped contribuía a crear esa sensación de bienestar, de disfrutar de las mejores condiciones que un país libre y desarrollado --un «free country»-- puede ofrecer.

Puede que no se hablara de ello, pero la señora Mussorgsky era respetada y admirada porque daba al barrio un aíre de íntimo cuidado, hacía sentir a sus vecinos que su parcela de terreno -y, por ende, cualquier parcela de aquel barrio-- era un maravilloso lugar que merecía atención y dedicación, trabajo y esfuerzos. La contemplación de su jardín elevaba las metas de los demás y, a decir verdad, no se alababan únicamente sus flores, sino el sentido de belleza que palpitaba a través de ellas, y la señora Mussorgsky, que, aunque sonreía mucho hablaba poco, y de cuyo pasado se conocían datos muy someros, era tenida por una dama exquisita, una de esas personas que se hacen depositarias de los valores más respetables y caducos.

Poco era en realidad lo que se sabía de ella. Poco y vago. Había llegado a los Estados Unidos ya mayor, aunque, sorprendentemente, hablaba bien el inglés. Con acento muy marcado, cierto, pero con extenso vocabulario, lo que hacía presumir, de nuevo, que había sido allí, en su país natal, una dama culta a quien las circunstancias de la vida habían hecho emigrar. En Washington vivía desde hacía sólo cinco años, desde la muerte de su hijo mayor. El menor vivía en California. Por qué se había trasladado a Washington, no se sabía, aunque se relacionaba con aquel sobrino alto, musculoso y puntual que acudía los domingos a cortar el césped y presumiblemente a comer con ella. Tal vez se llevaba mal con el hijo de California, o con su mujer. Con el hijo mayor había vivido en Nueva York y tampoco se sabía si había sido un hombre casado y había dejado una familia a sus espaldas. Y tal vez la señora Mussogsky tenía más hijos o más hijas, y a lo mejor no en América, sino en Polonia.

Pero si no se sabían más cosas de la señora Mussorgsky era, probablemente, porque nadie hablaba con ella mucho rato, nadie entablaba una conversación seria y profunda con ella, fuera porque no es costumbre de los arrabales estadounidenses, fuera porque a nadie le interesaba demasiado su vida. Cuando se mencionaba a la señora Mussorgsky, cuando, en medio de una conversación, se rozaba su nombre y su existencia, siempre era para referirse a sus flores, sus impresionantes flores de todos los colores, formas y tamaños: rosas, claveles, lirios, orquídeas, magnolias, hortensias, dalias, azucenas, y también injertos. La señora Mussorgsky creaba sus propias flores. A los visitantes del barrio se les hablaba de aquel jardín e incluso se los llevaba a verlo. Si era verano o una mañana soleada de primavera y la señora Mussorgsky estaba en el porche y les animaba a contemplar las flores más de cerca, los visitantes hollaban el césped aterciopelado y dejaban escapar murmullos de admiración ante los macizos de flores Si la señora Mussorgsky no se encontraba en el jardín o en el porche, porque hiciera frío, porque anduviera limpiando en el interior o cocinando, o incluso porque estuviera ausente, eran los propios vecinos quienes animaban al visitante a adentrarse en el jardín. «A ella no le importa», decían, «ella está orgullosa de sus flores».

Alguna vez, de regreso a casa después de sus recados, la señora Mussorgsky se había encontrado con un pequeño grupo de curiosos en su jardín. Una vez identificados, les sonreía amablemente, les explicaba un poco sus últimos logros y se metía en la casa dejándolos ahí, como si le gustara que disfrutaran solos de ese espectáculo del que era totalmente responsable.

A primeros de año, en el Instituto Einstein se empezó a hablar de un concurso de flores. Con un premio interesante: al ganador se le recompensaría, además de con el consabido recuerdo --una medalla, una bandeja grabada...--, con una estancia de una semana en Holanda, visitando viveros e industrias de flores en una especie de cursillo. El Instituto Einstein, a través de un profesor, había llegado a un acuerdo con un Ayuntamiento holandés. Se repartieron las hojas de inscripción, se fijó la fecha, se formó un comité de selección y un jurado, y las flores empezaron a ser motivo, no ya de conversación, sino de preocupación. De competición y secreto.

Por supuesto, la señora Mussorgsky pensó en presentarse, no por la idea misma de ganar, sino por ir a Holanda y aprender, ver más flores, hablar de flores; no hablar, en realidad, más que de flores. Y se dedicó. más que nunca a la ocupación que la había hecho famosa en la vecindad. Se fue a una agencia de viajes y pidió folletos sobre Holanda, fue a una librería de viejo --la «Second hand bookstore» del pequeño centro comercial próximo a la gasolinera-- y se compró un pesado libro sobre Holanda lleno de ilustraciones que mostraba extensos campos sembrados de flores. Lo hojeaba por las noches y empezó a desear, no ya contemplar los campos y viveros prometidos, sino atravesar el océano al revés de como lo había hecho muchos años atrás, cuando, también sola, había acudido a la llamada de sus hijos, bien situados en aquel país grande y ajeno. Empezó a soñar con ese viaje, y se veía abandonando su casa camino del aeropuerto, con su vieja maleta y su abrigo nuevo; se veía sentada en el avión contemplando las nubes desde la ventanilla, como en el viaje de Nueva York a Washington, e imaginó que alguien la recibiría en el aeropuerto de Ámsterdam, una azafata con un cartel en el que se leyera su nombre en grandes letras: Mariana Mussorgsky. Y a la llegada al hotel, la habitación en la que desharía la maleta, el armario donde dejaría sus cosas, y la ventana de guillotina, estrecha y pequeña, a la que se asomaría para contemplar los canales, los barcos, las bicicletas. Flores por todas partes. En el alféizar de las ventanas, en las habitaciones, en la calle. Una semana parecía poco, pero la aprovecharía bien, lo miraría todo para recordarlo a su vuelta, lo grabaría en su interior, y ese recuerdo la acompañaría en las lentas tardes de la vida suburbana en Kensington.

Ni por un momento pensó que no ganaría el concurso y que el viaje deseado no se realizaría. Desde que vivía en aquel barrio, no había escuchado sino alabanzas de sus flores, y todos los viandantes se detenían un momento frente a su jardín, al menos, volvían la cabeza hacia él ya fueran a pie, en coche, o en bicicleta. Incluso se podría pensar que ese concurso había sido pensado para ella, como una especie de homenaje, un pretexto para recompensarla Cuidó sus flores como siempre, hizo nuevos injertos, siguió saludando amablemente, con una sonrisa breve, y de vez en cuando daba, como siempre, un consejo práctico sobre nuevos o rebajados productos que podían encontrarse en tal sección de tal supermercado. ¿Qué indicio había de que hubiera disminuido el respeto, la admiración, que sus vecinos le habían demostrado hasta entonces?

Cumplió uno por uno todos los requisitos del concurso. Su nombre estaba allí, en la lista de las inscripciones y de quienes habían pasado la primera selección. Vio su nombre, junto con los de los demás vecinos escogidos, en el cartel de anuncios y se olvidó de ello, Porque tenía cosas más importantes en las que pensar: su imaginación volaba a Holanda, se instalaba allí. Conocía ya el cuarto y la ventana del hotel, la carretera llana que recorría el autobús y a cuyos lados se iban sucediendo los viveros y los campos de flores.

Las flores que presentó al concurso eran perfectas, si tal cosa puede decirse de las flores. Habían sido cuidadas, vigiladas, regadas con más ilusión. La señora Mussorgsky había soñado, mirándolas, y les había trasmitido sus fantasías. El jurado, cuando fue a verlas, las contempló largo rato, silencioso pero indudablemente admirado, cortó una, sacó después unas fotos y se despidió dando las gracias y dejando caer, muy al final, una desmayada felicitación.

En esa lánguida despedida pensó la señora Mussorgsky después de escuchar la funesta noticia: no había ganado el concurso. Había obtenido un discreto tercer puesto. Cuando lo supo, no lo creyó. El fallo era a las seis de la tarde del domingo y la señora Mussorgsky acudió al Instituto Einstein acompañada de su sobrino, que se había cambiado el Os'Kosh del peto por unos pantalones color tabaco y sobre la camisa de tonos ocres se había puesto una chaqueta marrón y una corbata vino burdeos. Estaba casi irreconocible, con el pelo peinado hacia atrás e impregnado de colonia. A pesar de que dijeron el resultado en alto, la señora Mussorgsky se lo hizo repetir a su sobrino al oído y después no dijo nada. Se repartieron refrescos y los ganadores recibieron la enhorabuena de sus vecinos, a excepción de la de la señora Mussorgsky que, durante un rato, permaneció quieta en su lugar, como si hubiera perdido todo punto de referencia. Al fin, se cogió del brazo de su sobrino y abandonó la sala, sin que nadie, aparentemente, se diera cuenta. Nadie le había dicho nada, nadie le había dado ninguna explicación. El señor Carmel, un viudo que vivía en la calle Norfolk, había ganado el primer puesto y, por tanto, sería él quien iría a Holanda. Las señoritas Blamberg, dos hermanas que trabajaban en la oficina central del National Bank, en «downtown», fueron las segundas. ¿Por qué? Tanto el señor Carmel como las señoritas Blanberg tenían bonitos jardines, pero nada especial, nada espectacular. Trabajaban con flores tópicas, normales. No hacían injertos, no inventaban colores, no entendían de composición. Sus macizos eran vulgares. No sabían poner una planta a la distancia adecuada de otra, ni cuáles se llevaban bien o preferían convivir a una distancia prudencial. El macizo de flores de la señora Mussorgsky no era comparable a ninguno, y eso también contaba. Lo que había sucedido era completamente incomprensible y la señora Mussorgsky, al traspasar el umbral de su casa, se volvió hacia su sobrino y murmuró:

--Voy a pedir una explicación.

El sobrino tenía prisa. Trató de calmar a su tía, quitando importancia a todo el asunto, y, en realidad, no pensó mucho en ello. Estaba anocheciendo, temía que la carretera hacia Alexandría estuviese bloqueada por el tráfico porque había empezado el buen tiempo y 1a gente pasaba los fines de semana en el campo, de forma que en cuanto pudo se despidió, prometiendo, como siempre, volver el próximo domingo.

La señora Mussorgsky no se quitó el ligero abrigo que la cubría. Tenía frío y la casa estaba helada, porque el potente sol del mediodía había creado una sensación ficticia de calor y la noche demostraba el error. Puso la calefacción y fue a la cocina a prepararse una infusión que le hiciera entrar en calor, pero, repentinamente fatigada, volvió al cuarto de estar y se sentó en su butaca, frente al televisor, que no encendió. No tenía fuerzas para nada.

No lo entendía. ¿Qué valían las flores del señor Carmel y las de las señoritas Blanberg al lado de las suyas? Jamás en toda su vida había visto nada parecido, y había visto bastantes cosas. Había visto miserias, enfermedades, muertes, abandonos, rechazos Había viajado sola, dejando su país y sus recuerdos atrás, acudiendo a un encuentro incierto, a un futuro sin esperanzas, donde todo lo que podía esperarla estaría demasiado teñido de soledad. Pero no estaba preparada para lo que acababa de pasar. El viaje a Holanda ya no le importaba en absoluto. Había sido una ilusión estúpida, un espejismo. No era eso lo que le dolía ahora. Le dolía no entenderlo. Sus flores eran indiscutiblemente más bellas que las otras. Era de lo único de lo que no podía dudar. Era una verdad objetiva, obvia, clamorosa. ¿Qué se podía esperar de la vida si una verdad así, tan clara, quedaba aplastada por tanta ignominia?

--No puede ser --murmuró, y rompió a llorar.

Mientras lloraba comprendió que hacía muchísimo tiempo que no había llorado y se asombró de haber sido tan paciente y tan crédula. Había hecho todo lo que le habían dicho que hiciera, había ido de aquí para allí, con su vieja maleta, cada vez más cansada. Ahora su hijo pequeño era rico y la había instalado allí, lejos de él, y le había dicho a Peter que fuera a visitarla los domingos. Seguramente, le pagaba por hacerlo y por cortar el césped. ¿Merecía la pena vivir así? Quienes la habían querido un poco habían muerto. Al menos, Havek, su marido, parecía necesitarla, y hasta cierto punto también su hijo mayor, que al final de su vida se llamaba John y que nunca se había casado. Cuando murió, ya muy enfermo, le dio las gracias por haber tenido siempre un plato de sopa caliente cuando regresaba a casa por las noches, fuera a la hora que fuese. Y su hija Mara que también murió en sus brazos, todavía niña, también la quería. ¿Qué hubiera sido de Mara en este país donde las flores más bellas eran relegadas a un tercer puesto?

Se sintió insultada y humillada y no podía comprender por qué. Cualquiera le hubiera recomendado calma, ¿por qué tomarse tan a pecho esa derrota? Involuntariamente, dio una patada á una madeja de lana caída al suelo. La madeja rodó con más fuerza de la previsible y golpeó la frágil mesita donde descansaba el jarrón chino, regalo de John, que se había traído desde Nueva York. El jarrón cayó al suelo y se hizo añicos. La señora Mussorgsky se levantó de su butaca y se agachó para contemplar más de cerca aquella absurda desgracia. La reparación del jarrón resultaba imposible. El trozo más grande era poco mayor que una uña de la mano. Se apoyó en la cortina para ponerse en pie y mientras se enderezaba comprendió que la casa entera se le iba a venir abajo y que ya era tarde para tratar de ponerle remedio. Le dio tanta rabia que todo se pusiera en su contra, que sólo se le ocurrió contribuir a la catástrofe. No se le ocurrió; se encontró empujando mesas, tirando de las cortinas, descolgando cuadros, arrojando libros y cachivaches al suelo. Había llegado a un extraño límite de su conciencia: no quería saber lo que iba a pasar después, cuando volviera la calma. Sólo quería quejarse, gritar y romper. Cuantos más objetos caían al suelo, más fuerzas cobraba para seguir arrojando cosas Cuanto más ruido se producía, más ruido quería meter. No es que sintiera odio por sus pertenencias, los muebles y los objetos que la habían acompañado, es que deseaba eliminarlos y herirlos Quería deshacerse de todo por que no significaba absolutamente nada ¿Qué tenía el mundo contra ella? Debían de odiarla.

En algún momento de la noche la ira de la señora Mussorgsky se aplacó. Se fue a la cama y se quedó dormida. Cuando a la mañana siguiente contempló el espectáculo de su casa desvencijada y rota, comprendió que había dado un paso irreversible y, aunque no acababa de entender cómo había sido capaz de producir, ella sola, semejante trastorno, no se arrepintió del todo, porque todavía le dolían sus flores. Llamó a su sobrino y le pidió que viniera a ayudarla, que tenía que salir de la casa y del barrio Cuando el sobrino fue a recogerla, miró a su alrededor, asombrado:

--¿Quién ha hecho todo esto? --preguntó, creyendo que su tía había sido objeto de un robo

--He sido yo, únicamente yo --dijo ella con cierto orgullo.

El sobrino pensó que su tía estaba encubriendo a alguien, pero poco a poco, mientras la señora Mussorgsky le contaba cómo se había sentido la noche anterior y qué pensamientos habían llenado su cabeza, empujándola a esa destrucción cuyos resultados eran bien palpables, se convenció de que no era así y empezó a temer por la salud mental de su tía, quien en realidad no parecía asustada del destrozo sino casi satisfecha, como si se hubiera tratado de un acto heroico.

--Así no arreglas lo del concurso --murmuró Peter, entre dientes.

--Yo sé lo que arreglo --dijo ella.

En sus ojos había todavía una chispa de ira y rencor, y Peter decidió que era, en efecto, prudente llevársela a su casa, desde donde podía llamar a Carl, el hijo menor, para que él decidiera lo que se tenía que hacer.

La señora Mussorgsky no volvió a su casa del recodo de la calle Lund, que se puso en venta unos meses después. El sobrino vino a poner el cartel y cortó, de paso, el césped.

Mi hermana, que siempre iba con prisas, no se había detenido nunca a ver de cerca las flores de la señora Mussorgsky, pero aquella mañana vio al sobrino de la señora con su atuendo habitual de los domingos y, como hacía tiempo que nadie sabía nada de la señora Mussorgsky, se detuvo. Las flores seguían en sus macizos, algunas marchitas y deslucidas, otras extrañamente vivas. El césped había crecido demasiado, aunque había algunas zonas secas y amarillentas.

Mi hermana, por primera vez, miró despacio el jardín, que emanaba descuido y melancolía. Peter, absorto en el «mowing», llevó la máquina cortadora hasta el límite del jardín, a los píes de mi hermana. Fuera porque la insistencia de su mirada le afectó o porque tuviera ganas de hacerlo, el caso es que apagó el motor, sacó un cigarrillo del bolsillo del peto y lo encendió. Luego, ofreció otro a mi hermana. Ella negó con la cabeza. Preguntó a mi hermana si había movimiento en el barrio, gente que viene y va, porque quería vender la casa cuanto antes.

Mi hermana dijo que apenas hacía un año que vivía allí, pero que su impresión era que había de todo: gente estable y gente nómada, como en todos los barrios de todas las ciudades americanas. Después de unos minutos de duda, mi hermana le preguntó al sobrino por la señora Mussorgsky y así supo que ahora vivía con él en Alexandría, aunque era posible que después del verano se trasladara a California. Peter le contó a mi hermana lo que su tía le había contado cuando el había venido a recogerla y el espectáculo con el que se había encontrado Ya estaba bien, aunque no quería volver al barrio, y todos temían que le pudiera dar un nuevo acceso, ya que de vez en cuando decía palabras inconexas y los ojos le brillaban sospechosamente. Había que vigilarla En todo caso, estaba siguiendo un tratamiento

--No sé lo que le pasó Se debió de volver loca--murmuró el sobrino-- Son cosas que les pasan a las personas mayores

-- ¿Qué piensa usted de todo el asunto de las flores? --preguntó mi hermana, verdaderamente interesada.-- ¿Cree que se cometió una injusticia?

Peter se encogió de hombros Se agachó para apagar el cigarrillo en la tierra, pero luego se guardó la colilla en el bolsillo.

--Eran buenas, desde luego --dijo pausadamente,. y añadió -- Yo no vi las otras



La casa se vendió a finales de verano, cuando la señora Mussorgsky iba, seguramente, camino de California a reunirse con su hijo pequeño, que se había hecho rico y con quien nunca se había llevado bien Tal vez allí volviera al cultivo de las flores y perdiera su resentimiento. En todo caso, es ya difícil saber si sus flores eran, como ella creía, las mejores del barrio, pero, si no lo eran, toda esta historia no tiene sentido.



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